...no busques compañía.

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martes, 29 de julio de 2014

Fiestamundialista



Me chupa un huevo (fálica como siempre, diría mi terapeuta) el fútbol, mundial o no mundial. Siempre dije eso y lo sostengo. Es más, detesto todo deporte de competición, saca lo peor de la humanidad, es además un instrumento fascista!! De hecho hace un par de semanas lo reafirmé en el programa de radio que hacemos con Matías Philipp y Clemente, nuestro queridísimo conductor, me miró con cara de horror cuando rematé “Y espero que pierda rápido Argentina, así se dejan de joder”. No volvió a preguntarme por el tema.
Después llegó el mundial y fui mirando cuanto partido pude, como siempre la estampida de cosas indeseables me termina derritiendo la jodidez que tengo en el alma (y el eventual gorilismo borgeano). Me mató que se volvieran tan rápido los hermanos yorugas… se me piantó un lagrimón!
Además tuve una anagnórisis, espantosa como todas ellas: me percaté de que sé mucho de fútbol (más bien de su anecdotario). El otro día nos juntamos con unos amigos (bastante futboleros) en mi casa a ver el partido Argentina-Bosnia y hablando al pedo les hice un recuento de fechas, goles, figuras, penales injustos de todos los mundiales desde Italia 90, que fue mi gran pasión (junto con El Diego, con cuya sinceridad brutal me identifico siempre). De Italia 90 lo sé todo, absolutamente todo: los detalles técnicos y las pastillas de color familiares que lo acompañaron. Como al pasar mencioné, lo dí por sentado, que Chile no había ido por la suspensión…
-“Qué suspensión??”
- “Cómo qué suspensión?? Rama, vos sabés
de fútbol… no te acordás que
el arquero chileno en un partido contra Brasil fingió
una herida grave, dijo que le habían tirado una
bengala desde la tribuna brasilera. después se descubrió que se había cortado la cara con una gillet, el loco de mierda!! suspendieron al equipo entero. Chile no participó como por 2 mundiales. al principio culparon a una mina de la tribuna que después se hizo conocida como “La Bengaleira”; salió en varias tapas de revistas medio en bola, creo que incluso en Playboy…”
No me creían. Hasta yo dudé, pero lo buscamos en Internet y estaba. Ironía del destino me terminé ganando el respeto de todos los presentes por mis conocimientos de fútbol…
Después también les conté, con nostalgia veterana, que había participado en el año 2000 en el torneo de fútbol femenino de la UNR, por el equipo de Humanidades y Artes (obvio), y que habíamos salido campeonas. Éramos tan pobres… no teníamos ni banco de suplentes, así que le poníamos el cuerpo, el alma y algo más le debemos haber puesto porque terminamos ganando no sé cómo mierda. Con nuestras pobres remeritas pintadas con aerosol y un técnico baboso del MNR. Parece que para eso servía el MNR (¡era para eso!), porque le pudimos ganar en la semifinal a las archiequipadas chicas de veterinaria y en la final a las de agronomía, que para nosotras eran más intimidantes que los All Blacks haciendo el haka…
Con todo esto no me quedó más que reconocer que evidentemente tengo una relación bien bipolar con el fútbol. Creo que es directamente proporcional a la que tengo con mi padre, que le encanta el fútbol…
Me llevaba a la cancha de chiquita, pero parece que el equipo perdía cuando yo iba… mmm…
Encima ahora Molina me pregunta si quiero escribir algo sobre el mundial y me entusiasmo… Así no hay resistencia que aguante, la puta madre!


Publicado en el facebook de la editorial "Fiesta" (05/07/14)

jueves, 24 de julio de 2014

Columna sobre la revista "El Péndulo" en "Lo que resta del día" (FM 103.3 Radio Universidad)

Una topadora cultural...



Enlaces:

Reencontrando a Gandolfo

La primera vez que me topé con Elvio Gandolfo fue en la revista de ciencia ficción “El Péndulo”, fiel
exponente de esa topadora cultural que fue Ediciones de La Urraca desde fines de los 70. Ahí Elvio escribió sin interrupción durante la década del 80 su columna “Polvo de Estrellas”; sección imperdible de la revista en la que se abría un mundo a partir de sus insólitos rescates y sus comentarios sobre Borges y Bioy, las nuevas corrientes de la ciencia ficción y sus ocasionales intervenciones sobre los “raros” uruguayos. Los amigos orientales congregados bajo esa categoría de Ángel Rama que Gandolfo citaba en el número 7 de 1982 eran a grandes rasgos, Armonía Sommers (a quien le dedica esa entrega), el lamentablemente siempre desatendido por los lectores Tarik Carson, el gran Felisberto Hernández y su amigo Mario Levrero (publicado además con frecuencia en la revista).
Años después, en una de las últimas entregas, Gandolfo reconstruiría la historia de esa publicación rosarina que surgió a fines de los 60 en el seno de la imprenta La Familia, perteneciente a los Gandolfo: “El lagrimal trifurca”. Si uno logra acceder (sorteando las dificultades no menores que esto supone) a al menos algunos de los ejemplares de esa joya de la edición artesanal podrá comprobar no sólo la calidad de las publicaciones sino cuán relacionadas estaban las inquietudes literarias de la familia Gandolfo y la incipiente ficción de Levrero, que fue también publicada tempranamente en El lagrimal.
Indudablemente allí se forjaría un diálogo entre poéticas. Más lo ratifico aún cuando recuerdo viejos textos de Gandolfo como “El instituto” o “La reina de las nieves” (La reina de las nieves, 1982), cuyos dislocamientos temporo-espaciales, laberínticos, son contemporáneos a los de la Trilogía involuntaria (1970-1980-1982) de Levrero; o esas mujeres cotidianas, cuyas metamorfosis fantásticas las arroja, en ambas poéticas, hacia un plano de otredad al mismo tiempo siniestro y casi divino. Toda una serie podría trazarse recorriendo sus obras tempranas, que va desde la atmósfera de decadencia entrópica y la construcción de las mencionadas figuras femeninas, hasta cierta proclama (más o menos explícita) de un realismo que no confía en la certeza de los sentidos.    
Debo decir que esta confluencia de intereses, no podía suceder sino en ese terreno misterioso que es el triángulo del Río de la Plata: esa superficie que se conforma uniendo los puntos de la constelación Rosario-Buenos Aires-Montevideo. Allí, entre ediciones caseras y revistas de culto, las ficciones de Elvio Gandolfo y Levrero tomaron forma en un diálogo mutuo cifrado en afinidades y lecturas compartidas, que a su vez se conjugó en intercambio con la atmósfera de la ciencia ficción y quién sabe cuántas más poéticas contemporáneas que se congregaban, a uno y otro lado del Río de la Plata, en las revistas independientes (como la uruguaya "Los huevos del Plata" o el semanario humorístico "Misia Dura"). Algo me dice que tal vez no sería desatinado hacer extensiva la categoría de Rama a muchas de estas posteriores ficciones, sensibilidades generacionales, que gravitaron en torno a estos espacios, entre ellas la de Elvio.
Mucho de esa “rareza” rioplatense deviene del uso (a veces enfáticamente negado) de los géneros, que en sus modulaciones define ciertas series. En el caso de Gandolfo, esto se vuelve evidente si se presta atención a su obra crítica: su obsesión por Philip Dick, el prólogo que le escribe a la antología de la ciencia ficción argentina Los universos vislumbrados (1978), sus ensayos sobre los géneros del policial y el terror; muchos de ellos compilados en El libro de los géneros (2007). Pero Gandolfo acerca además en sus ficciones los géneros del policial, el terror, la ciencia ficción, a un espacio y registro vernáculos. Mediante esta operación no sólo construye un verosímil realista singular, sino que genera una contraseña humorística que vuelve cálida la relación entre los polos que componen el pacto ficcional: autor-narrador-lector. Es ese mismo efecto de cercanía al lector que genera Levrero en sus ficciones, que ambas poéticas muchas veces redoblan a partir de la ficcionalización (recurso muy borgeano, por cierto) de la figura del autor como personaje.
Este procedimiento que Gandolfo viene llevando a cabo, tempranamente, desde cuentos como “El terrón disolvente” (versión vernácula del universo dickiano, que bien podría leerse en tándem con “Los ratones felices” de Levrero), sigue constante, aunque acentuado, en muchos de los relatos que componen Cada vez más cerca (2013). 
Por eso, la vuelta del policial en Gandolfo no nos reenvía estrictamente al tono del policial negro de cuentos como “Un error de Ludueña” (Ferrocarriles argentinos, 1994): “Los pasos en las huellas” narra con socarronería cómo un agente de la SIDE sigue espiando luego de décadas a un viejo poeta que estuvo relacionado con publicaciones de izquierda en los 70, sólo para justificar una estructura del Estado que se ha vuelto obsoleta. Más claro es esto aún en el registro de la ciencia ficción, particularmente en textos como “Pegando la vuelta”, donde el autor reactualiza el tópico clásico del apocalipsis ya abordado en ficciones como “Sobre las rocas” (La reina de las nieves, 1982), “Caminando alrededor” (Sin creer en nada (trilogía), 1987) y “Llano del sol” (Ferrocarriles argentinos, 1994). Pero si en varios de los cuentos previos primaba esa decadencia entrópica en la que la ruina volvía una y otra vez propiciando un loop que intentaba evadir un colapso último hacia el vacío, en “Pegando la vuelta” por primera vez el final constituye un nuevo comienzo en el que los adolescentes rosarinos disfrutan de surfear en un Paraná convulsionado, mientras los adultos se lamentan culposos por sus errores pasados. Evidentemente el escenario político de los 70 (momento en el que se escriben muchos de estos primeros cuentos) condicionaba poder narrar algo distinto más allá de la desintegración. En este sentido Cada vez más cerca parece ser hijo de otro tiempo. Por eso muchos tópicos insisten, pero las resoluciones tienen matices diferentes. 
El núcleo femenino constituye sin duda un tema aparte, que al parecer no podía estar aquí ausente. En “Las negritas”, Gandolfo propone, como hacía en “Escamas piel” y “Rete Carótida” (Dos mujeres, 1992), un devenir casi animal o monstruoso de las figuras femeninas (que por supuesto siempre genera una fascinación irresistible en sus protagonistas). De la mano del mismo interés, también está presente en Cada vez más cerca la interrogación sobre la posibilidad de un saber de la experiencia del cuerpo, que revive a partir del trance. Ya en “Cuando Lidia vivía se quería morir” (1998) el sueño había sido la instancia de reconciliación de dos viejos amantes. Ahora, el protagonista del cuento “Cuerpo” se reencuentra bajo los efectos de la anestesia con la corporalidad de una mujer deseada. Si se me permite, después de esto, ¿cómo no leer un diálogo entre Gandolfo y Levrero? 
Al igual que el autor uruguayo, en Gandolfo una porción nada despreciable de lo real acontece en un dominio que excede la soberanía de la consciencia y los sentidos. Se trata de fenómenos que forcejean por ganar un lugar en el tejido intrincado de la realidad. Una ballena colapsa en la intersección de las peatonales rosarinas y deja huellas pnémicas inconscientes en todos aquellos que presenciaron el fantástico acontecimiento. Eso que sucede en “El momento del impacto” (Cuando Lidia vivía se quería morir, 1998), inaugura una serie que se potencia aquí en relatos como “Grande”, donde los habitantes de una ciudad perciben la existencia de un organismo informe que subyace bajo la estructura de la urbe.
Hay, detrás del uso enrarecido de los géneros, una pulsión realista que recorre las manifestaciones generacionales de las que hablaba al principio. Si no recuerdo mal, ya en 1966 Rama llamaba la atención sobre la emergencia de una literatura imaginativa, heredera de la tradición onírica del surrealismo, que entendía la actividad imaginativa como una forma de exploración profunda que conducía a un superrealismo. Tal vez habría que revisar las continuidades de esa genealogía, al menos para pensar la literatura de Gandolfo.

Publicado en BazarAmericano, Julio-Agosto 2014, año XI, número 47.

domingo, 11 de mayo de 2014

Sincericidios

Entrar
sabiendo que vas perder.
Algo adentro hace "clack"
y estás roto.
Sacás tus pies chuechos
de bailar cumbia
pero no podés
no querés
no entendés
la danza de los histriones
Vas con la tuya
rota, tosca
que muerde
Salís al baile
vestida de bailanta
a tropezones porque te empujan
El reflector te ilumina
con tus sandalitas de flecos
pinturrajeada
de tutú prestado con lentejuelas...
y lo único que sabés
es que ya perdiste.

"La batalla de Malvinas" de Ricardo Barreiro, en "Lo que resta del día" (FM 103.3 Radio Universidad)


Seguimos con el ciclo de historieta, por acá...








                                                         
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jueves, 3 de abril de 2014

La fobia como una de las bellas artes

Poema diurno,
en principio,
al menos sospechoso…
Anoche hablé con Rafa
en el cumpleaños de Blanca
después de un año de tensa indiferencia
debe ser eso
distancia de por medio
fue bueno
y raro
Ahora se me vino a la cabeza
parte de la charla,
la más trivial

“No, no hay forma,
No me gustan las travesías.
Me gusta remar Rafa, acá en Rosario imaginate además Rafa
con cruzar el cauce ya es un toco
cruzar y quedar tirada en uno de los paradores
con baño
nada de hippismo
esa me va.
No, no me copa, ya sé a vos sí…
yo no sé…
hay veces, cuando está muy picado
que remo y remo
te juro que pienso “no vengo más, vendo el kayak y se va todo a la mierda”
-“Sí, tal cual. Me pasa cuando salgo de travesía y estoy muy cansado. La última vez éramos 200, además mucha gente… pero cuando llegás después de remar 7, 8 horas te das cuenta de que vale la pena” (y me mostró viril el puño, e imitó el puño con los labios y los ojos)
“-Ves yo creo que es eso, me la vuela, te cansás y no tenés cómo mierda irte, tenés que remarla y remarla y remarla… por eso no me gusta, es como una repetición ominosa de la vida…y encima por opción. Estoy tratando de no ser ya más sparring de esa puerca, cuando lo puedo evitar. No Rafa, lo mío no son las travesías…”

Intuyo de más
sobreinterpreto
como siempre
Creo que en esta pequeña charla
se resolvió nuestra eterna disputa
fálica…

vamos a estar bien.

La fobia como una de las bellas artes

“Fue mientras escribía
recién empezaba
tenía unos 6 años
me miré la mano
sosteniendo el lápiz
insegura
y me di cuenta
de que nunca
nadie iba
a poder estar adentro
mío
y que yo nunca iba a poder
estar adentro
de nadie más
que estaba eso
irreductible
incomunicable
me invadió
esa angustia existencial
corrí a tratar de explicárselo
a mi mamá
nunca
te pasó?” 

“¿Sentirme solo?
No.” 
   
   (Veo pasar a la gata-reptil apenas iluminada por la luz que entra por la ventana 
   mientras siento todavía el eco 
   de esa ecuación
   lacerante)

A veces pienso ratón
      cuando me hablás
      después de que yo 
      digo
      todas mis usuales
      parrafadas 
que los siglos de filosofía
y de literatura
humana
se reducen a eso
“familias disfuncionales”
toda la reflexión ontológica
es pura maquinaria neurótica ratón
Vés
   vos no la tenés,
yo sí
y a veces pienso
que nosotros somos
como un gran varieté
para ustedes
que se entretienen
   gratis 
con nosotros
       De otra forma
       no entiendo
       por qué nos eligen.
“Es un poco así, jej (gratis no, pero)”

    Él está relajado
    lo siento
    abrazarme 
    cálido 
    como un 
    pulpo
    y lo envidio

    como cada vez
    que se me abre
    esa tangente  
 en la que percibo
 cómo
 la oscuridad
    fracasa 
    en hacer 
    su aleación
       y nos deja
       abrazados 
    en un acople
    de universos
en esa monstruosidad
       dodecafónica
      en la que yo siempre
       desentono
  
    Él huele la adrenalina
       que destilo 
    y hace de todo
    un algoritmo 
    de simpleza.
    se limita a lo
    que entiende
    es esencial 
    y me abraza 
    (eventualmente esboza algún cariño. Permanece en silencio)
     
     "En marzo vuelvo a terapia ratón... 
      espero que me alcance el presupuesto..."
      (le digo) 
      Después 
      trato de
      echar
      sobre todo
      un manto

      de sueño

Sincericidios

El frío polar de los
ochenta
en echesortu era
más punzante. Estoy segura.
tal vez fuera el cemento
y la pintura en aceite
que condensaba
el agua
y la volvía hielo
mientras viajábamos
en bici
y yo veía
pasar la secuencia
del paisaje
monótono
que iba formando
los días

era el espíritu más
pujante de echesortu
el de mi abuelo
el único que me dejaba
a horario
antes de que tocara
el timbre
ése con el que empezaba
día
a día

mi paulatina domesticación

sábado, 29 de marzo de 2014

"La Argentina en pedazos" de Ricardo Piglia (PARTE 2), en "Lo que resta del día" (FM 103.3 Radio Universidad)


Seguimos con "La Argentina en pedazos"



Más imágenes de "El Matadero", ilustradas por Enrique Breccia
La clásica escena en la que el nene pierde la cabeza en el accidente durante la doma... 
El unitario recortado de la realidad llega a El Matadero...






















La escena final.

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martes, 25 de marzo de 2014

domingo, 9 de marzo de 2014

Sobre "Los colores primarios" de Alexander Theroux



Un artefacto sensitivo


Los colores primarios de Alexander Theroux no es un libro para cualquiera. En principio, hay que decirlo, su apreciación depende de qué tanto uno pueda dejar de lado ciertos… llamémoslos “prejuicios de lectura”, para mantener la condescendencia que requiere darle a un libro el beneficio de la duda (lo cual no es poco). Como fuere, es de esperarse que el debate que su lectura ha suscitado redunde en la curiosidad del público.
El universo de este texto, como es de esperarse si se presta atención a su título, se dividirá en tres colores: azul, amarillo y, finalmente, rojo. A simple vista, su organización en estos tres coloridos apartados detona el primer prejuicio: se trataría de un ensayo, con hipótesis bien articuladas, sobre los colores primarios (idea que incluso reforzaría el subtítulo, “Tres ensayos”). Primer gran error; aunque ciertamente la ilusión está bien lograda gracias a la retórica en extremo erudita del autor.
En efecto, este prestigioso novelista y académico norteamericano (elogiado ampliamente por John Updike y Norman Mailer, y traducido por primera vez en Argentina) recorre no sólo antecedentes filosóficos, literarios, religiosos, geológicos, químicos, físicos y culturales en general de forma pormenorizada sino que también repone hitos (en ocasiones completamente frívolos) de la cultura popular para hacer ingresar al lector en el universo de cada uno de los colores primarios. En este contexto que se construye con múltiples y variadas referencias, la mirada del autor se impregna con frecuencia, hay que decirlo, de un tono hedonista propio de quien observaría al mundo durante un año sabático que se ha prolongado quizás demasiado: “La “crema” de Azazello, en la obra maestra de Mijaíl Bulgákov, la novela El maestro y Margarita (1967), un ungüento mágico que da brillo a la piel de la protagonista y la pone en contacto con la magia y lo sobrenatural, liberándola y transformándola completamente –“¡Hurra por la crema!, exclama Margarita”– es amarilla. También lo es la familia de dibujos animados para televisión, los Simpson, la piel de cuyos entrañables personajes, con la sinuosa chifladura Pop-Art, muestra una suerte de amarillo roy-lichtensteiniano. El color, en una palabra, parece estar adecuadamente unido a su comportamiento (…) Por lo que se refiere a estructuras, un hito famoso en Hollywood era el almacén DeMille, un artefacto amarillo, de dos pisos, construido originalmente en 1895, en la esquina sudeste de Selma Avenue y Vine Street. En 1913, Cecil B. DeMille se la alquilo a Jesse Lasky por doscientos dólares a la semana, para hacer su primer espectáculo, The Squaw Man. Cuando Paramount, la sucesora de la compañía Lasky, se mudó a unos estudios de diez hectáreas en Melrose Avenue en 1927, los sentimentales ejecutivos se llevaron consigo el almacén, que utilizaban como biblioteca de la compañía; luego, en una progresión un tanto decreciente, como gimnasio; y por último, como set para la serie de televisión Bonanza. El local color limón intenso de Poujauran, esa incomparable pâtisserie del 20 de la rue Jean-Nicot, en París, también es, no debo omitir decirlo, uno de los grandiosos lugares amarillos del mundo civilizado.”   
Este despliegue caprichoso de erudición que en más de un momento resulta irritante e inconducente produce, no obstante, en su excesivo proliferar, un efecto peculiar. No es que el libro carezca de hipótesis, por simple que sean las formula: el azul es el color misterioso, de la imaginación, la enfermedad, la nobleza, de los “abismos y las profundidades ambiguas” y, por supuesto, del conocimiento inasible romántico (si no dijera esto último, de más está decir, no me molestaría en reseñarlo); el amarillo, el de la ambigüedad, de la infancia y la sabiduría, la iluminación y la vaguedad, la prosperidad y la decadencia, la disolución, la cobardía; el rojo, el de la audacia, el sacrificio, el infierno, la juventud, el amor, el pecado, la expiación… Pero nada de esto cuaja del todo con la singularidad infinita de la descripción que despliega, cual parodia de “Funes, el memorioso”, Theroux. Las hipótesis pierden espesor, se vuelven insustanciales. El libro, como ensayo, es ciertamente muy fallido. No obstante, precisamente en ese gesto fallido encuentra su originalidad.
El inventario minucioso de los diversos aspectos de la actividad humana y de la naturaleza que se organiza mediante (¡gran acierto!) la técnica de la asociación libre consigue llevar al lector de viaje, en trance, por un universo azul, amarillo y rojo. De este modo, Los colores primarios se transforma en un artefacto sensitivo que en sus mejores momentos se aleja del ensayo y se acerca en cambio a la crónica de viajes. Si el lector logra sumergirse en el caos descriptivo, sorteando ciertos prejuicios “racionalistas” (anque en algunos casos también ideológicos) que seguramente lo inducen a tratar de encontrar una presentación productiva de los contenidos que funcione a favor de la propuesta inicial, tal vez alcance una experiencia lisérgica nada despreciable. Difícil llevar un texto hacia el límite de lo estupefaciente; ahí radica su valor. Como decía, no es un libro para cualquiera.

Publicado en el suplemento cultural "Señales" del diario La Capital, 09/06/2014.

jueves, 6 de marzo de 2014

Marcelo Cohen. Las fundaciones de la ciencia ficción





            I

Cualquiera que haya transitado los derroteros de la ciencia ficción se encuentra advertido de que la potencia de su literatura radica en la reflexión insistente en torno a lo posible, aunque –vale sin duda la salvedad– lo posible siempre se radicaliza al forzarse hacia ciertos límites. Pareciera que esa pulsión idealista que recorre la ciencia ficción la impulsara una y otra vez a imaginar-pensar (términos sinónimos en ella) una esencia anacrónica y acaso también extemporánea de lo posible que sólo puede ser pensada allí donde lo posible toca el dominio de lo que para el lector es precisamente lo imposible, de lo que muchas veces para el sentido común no es ni puede ser. Imaginar o pensar aquello que ha permanecido inimaginado es la gran transgresión de la ciencia ficción por la cual ella busca ampliar los límites de la ontología, abrir nuevas cartografías ontológicas. Cuando hablamos de ciencia ficción, la literatura, más que nunca, necesariamente se problematiza en su relación con la epistemología y busca fundar otras ontologías. De ahí que para Cohen narrar equivalga a “estirar un pensamiento en todas las direcciones” (Cohen 2003: 185).
En este sentido, pensar-narrar todas las posibilidades de lo humano (leimotiv histórico del género) llevando el concepto de lo humano al límite de lo no-humano significa, por propiedad transitiva, pensar también en ese mismo sentido otras formas de la comunidad, de la epistemología, de la relación con lo divino; pero fundamentalmente, vislumbrar relaciones inadvertidas entre estos términos que se encuentran cuando sus dominios se redefinen en ese juego de límites.[1] Es por eso que cuando hundimos las manos en la ciencia ficción resulta improductivo (y hasta contraproducente) aferrarnos a ciertos lugares comunes en relación con la especificidad de lo literario. En ese terreno de lo in-fundado y de lo por-fundar se mueve la narrativa de Marcelo Cohen: ahí donde la literatura juega a sacarle las banderas a la ciencia y se propone a sí misma como creadora de órdenes de realidad y como modelo de explicación-fundación de lo real.
Tal vez por esto sus autofiguraciones demarquen un territorio en el cual lo literario parece querer colonizar otros ámbitos: “Superar el apego a la propia persona es lo que nos libera, ya se trate del apego al nombre, a la etnia o a la propia familia. No hay otra forma de vencer el mal, en todos los órdenes de la vida, si no es mediante esa superación” (Cohen 2006a). Esa superación, prosigue Cohen en la entrevista publicada en el diario La Nación, es la virtual esperanza de la emergencia de un lenguaje nuevo que posibilite terminar con la tiranía de la cultura de masas propiciada por el Estado y los consorcios culturales.[2] Si bien las palabras que el autor despliega en la entrevista (la cual, no azarosamente, es publicada en la sección de política)  nos remiten claramente al campo semántico de su narrativa, lo interesante es que los comentarios de Cohen trascienden la referencia a su obra literaria. Cohen habla de una percepción de lo real y brinda claras referencias: Auschwitz, las Torres Gemelas, la ESMA, Guantánamo; todos referentes del mal que ocasiona la cultura del apego. Pero Cohen no es –al menos en un sentido tradicional– ni filósofo, ni politólogo, ni sociólogo. Es en este punto en el que debe entenderse que la literatura de Cohen también se desplaza hacia un límite.

II

En sus ensayos Cohen propone ciertos conceptos atendibles a la hora de pensar este problema, uno de ellos –el fundamental diría– es el de “realismo incierto”, detrás del cual subyace (como en todo realismo) un modelo epistemológico determinado.[3] Cohen traza entonces una genealogía histórica: su planteo remite a un “cambio de paradigma” respecto del universo burgués que se fundó sobre la certeza de lo material y la neutralidad del observador (2003: 132). En este viejo contexto, la escritura realista era esclava de la realidad entendida como algo externo a representar de forma exhaustiva. El género propio de este realismo decimonónico es sin duda la novela, la cual es una “exaltación tardía del cartesianismo” en el contexto del imperio de la razón (2003: 140). En el proyecto realista la representación estable fue el camino concebido para acceder a las profundidades del conocimiento.
Su realismo incierto o inseguro se entiende, por el contrario, como mejor dotado para llevar a cabo el viejo sueño de un realismo “abarcador” o “total”. En la medida en que la física contemporánea sostiene que la mente y la materia estarían hechas de la misma “sustancia última” (la cual ha demostrado estar al borde de la insustancialidad indivisible), se confirma que toda realidad es indisociable de la actividad mental creadora. Por eso el relato crea sentido, “[d]ice algo que sucede –y entonces sucede” (2003: 135). La realidad surge como acontecimiento del lenguaje. Si el realismo incierto está en mejores condiciones para ser un realismo abarcador es porque entiende que con cada acto escritural se inaugura una nueva versión de lo real, lo real eclosiona como escritura. Así, la forma que toma la ciencia ficción en Cohen rescata elípticamente pero con claridad la olvidada propuesta epistemológica del romanticismo y su reivindicación de la imaginación como ejercicio mitopoiético singular de creación-conocimiento de lo real.[4] La vieja aspiración realista de un realismo “total” cobra entonces otros matices: por un lado, su cifra es la Curva de Peano, tal como se la describe en El testamento de O´Jaral (1995: 110), una curva compleja que se tuerce tanto y en tantas direcciones que termina por tocar todos los puntos del plano, es una línea que es plano. Claro que ésta es sólo la cifra de una aspiración inalcanzable, el realismo no puede ser sino algo siempre inacabado y en constante progreso: “ni el proyecto implícito en una decisión ni ninguna pieza del diseño pueden completarse nunca; de otro modo se terminaría la realidad”, dice el Maestro de la música realista en Donde yo no estaba (2006b: 628). Por eso, por el otro lado, el realismo (y por tanto el universo mismo) no puede sino ser Poesía Universal Progresiva romántica. La aspiración a la totalidad debe buscarse en el devenir inagotable del fragmento.  
Volvamos al tema de los paradigmas detrás del realismo incierto. La referencia más clara, aquella que Cohen enuncia expresamente, es la teoría del caos de Ilya Prigogine. Las narraciones inciertas son además, a diferencias de la novela, “estructuras caóticas alejadas del equilibrio” (Cohen 2003: 146) en las que fulguran todos los niveles de lo real. Detrás de esta idea de las narraciones como estructuras vivas que generan sistemas por bifurcación se encuentra una nueva acepción de la entropía pensada desde las teorías del caos. La entropía activa de la que habla Prigogine (en oposición a la entropía pasiva de la termodinámica clásica cuyo grado de dispersión es máxima y su equilibrio equivale a la muerte calórica) supone un caos turbulento y activo en el que la desintegración y la pérdida continuas del equilibrio generan nuevos sistemas a los que denomina paradójicamente “estructuras disipativas”. De modo que también desde este paradigma se apuntala la lógica del fragmento mediante la cual las narraciones de lo real incierto reniegan del sentido acabado, de la redondez propia de la novela. En su proliferar, las narraciones son creadoras de órdenes de realidad y en este sentido el mundo es un texto ilimitado e inestable, siempre inacabado, siempre en progresión. En este sentido debe leerse también la proclama de abolición genérica: todo relato es realista porque funda realidad, y fantástico porque es por la vía irreal que lo real se manifiesta; y de ahí la referencia de Cohen a la idea de pneuma, gracias a la cual la literatura puede ser entendida como forma privilegiada de creación de una realidad al mismo tiempo corpórea e incorpórea: puente de acceso a lo suprasensible que da cuerpo a lo fantasmático (2003: 228-229). Por esta vía es que el realismo de Cohen se aleja de la concepción tradicional de mímesis aristotélica y se acerca a mímesis genética del romanticismo, en la que la exacerbación fantástica nacida de la singularidad es la única forma de presentación de lo real.[5] 
Esto nos conduce sin duda a una idea de realismo en la que la razón determinista pierde terreno. Se trata en cambio de moverse hacia otras concepciones para hablar de lo real. Es necesario, propone Cohen, volver a integrar lo “sobrenatural” a lo “natural”, volver a integrar aquello que el avasallante proceso de racionalización dividió: el arte y la ciencia. En otras palabras, comprender que la ficción posee un lugar central en la creación de lo real y en la experiencia de conocimiento. Puede que ahí radique el por qué de las curiosas autofiguraciones de Cohen de las que hablaba al principio: su imagen de escritor filósofo, politólogo, analista.
No obstante, existe otro modelo detrás del realismo de Cohen, que él también ensambla con el paradigma romántico –y acaso podría pensarse que la extraña compatibilidad lo habilita. En el mismo concepto de “realismo incierto” resuena el principio de incertidumbre de Heisenberg. Sucintamente, el principio de incertidumbre o indeterminación explica que no es posible determinar de una forma exacta la velocidad y trayectoria de una partícula ya que esta varía según sea o no observada. El problema radica en que la partícula se comporta como una onda de potencialidades múltiples si no es observada, pero si en cambio se la observa se muestra como un objeto sustancial de universo material tal como lo perciben nuestros sentidos, es decir, como una partícula-mónada. De modo que la intervención del observador determinaría la forma de universo material como lo conocemos.[6] La escritura coheniana funciona además entonces como la intervención del observador de la cuántica, aquel que determina la fijación de una formación de partículas que hace colapsar la función onda de la materia: la escritura (o cualquier discurso en general) hace precipitar una forma de lo real en la que las demás posibilidades abortadas no obstante resuenan.
En términos generales, lo que me interesa señalar aquí es que la primacía que adquiere la figura del observador a partir de la física subatómica permite que cuando ésta entra, ficcionalizada, en la lógica literaria se conjugue cómodamente por afinidad con la impronta subjetiva del romanticismo, con la idea de una imaginación activa creadora del universo; y he ahí la vuelta del paradigma romántico. La irrupción de este modelo de física pareciera leerse desde la ficción de Cohen como una ratificación tardía del negado lugar de la literatura en el campo epistemológico, giro que César Aira identifica tempranamente en su emblemático ensayo sobre la mirada expresionista en Roberto Arlt:

Habrán reconocido el principio de Heisenberg, según el cual el observador, o la observación misma, modifica las condiciones objetivas del hecho. Más aún: disuelve la posibilidad de que el hecho tenga condiciones objetivas, lo vuelve observación, transformación, singularidad absoluta. El arte no debió esperar al descubrimiento de las partículas subatómicas para ver actuar el principio de Heisenberg, porque era la condición original de su funcionamiento, como lo es del funcionamiento del lenguaje: las palabras son delegados nuestros en el mundo, en la naturaleza, y allí se ocupan de cambiar los contornos de las cosas, o de darles contorno. Más en general, podría decirse que el principio de Heisenberg es la condición primera del funcionamiento de la conciencia; pero no de la inimaginable conciencia en sí, sino hecha lenguaje (Aira 1993: 57).
  
III

Detrás de la búsqueda identitaria de los personajes de Cohen se encuentra indudablemente una inquietud por delimitar nuevas ontologías que se apoyan en ficcionalizaciones del paradigma de la física subatómica. El observador, y por lo tanto la ficción, adquiere un lugar inusitado en el proceso de fundación de lo real; y de ahí que la ficción realice en su seno la anhelada unión romántica entre ciencia-arte-filosofía. La reflexión sobre la escritura como ejercicio de fundación de órdenes de realidad comienza en Cohen en el lugar más germinal, ahí donde el lenguaje crea su primer núcleo: el sujeto. Pero para pensar las inflexiones de lo subjetivo en Cohen hay que volver además al problema del apego que refiere en la entrevista publicada en La Nación.
Existe en la obra de Cohen una dimensión místico-religiosa, sumamente compleja, que se integra en la escritura al trinomio que conforma la unión de la que hablaba antes (ciencia-arte-filosofía). Cohen, que en sus ensayos se pronuncia en contra de cualquier aspiración de conocimiento que intente trascender la superficie del lenguaje, reproduce de una u otra forma en sus ficciones la noción romántica de la poesía como ciencia que se dirige hacia un conocimiento de lo Absoluto. Esta es sin duda una premeditada ambivalencia de su programa.
Si se recuerdan, por ejemplo, muchos de los fragmentos del romanticismo alemán (aunque también ciertas imágenes del romanticismo inglés como el arpa eolia) se comprenderá que la poesía romántica es indiscernible de la actividad mística, en especial de la búsqueda del yo interior de cuyo centro se irradia, por simpatía, la armonía del Espíritu.[7] Ejercitar en cierta medida ese yo interior significa, como en todo ejercicio místico, un desapegarse de la estructura del yo de la relación con el mundo y fomentar cierta unión mística.
En su texto de divulgación Buda (1990) Cohen hace un recorrido sobre los aspectos centrales de la historia y filosofía budistas que luego se fagocita en aquellos textos que son considerados “ficcionales”. Más particularmente, la idea de que existiría una necesidad de trascender el apego al yo irreal de la vida terrenal, el cual es producto de una ignorancia del carácter indiferenciado del universo como unidad. Cabe destacar que volver sobre este concepto reafirma en la escritura, desde otro costado, aquella vieja aspiración unitiva del romanticismo: en la física subatómica, el principio de indeterminación ha sido comparado con la mística budista, en tanto propone que a nivel subatómico no serían aplicables las divisiones entre sujeto y objeto (que nos ha enseñado la ciencia clásica) sino que todas las partículas conformarían una especie de flujo indiferenciado.[8] Es por ello que tiene coherencia que Cohen utilice citas del físico Shrödinger para interrogar aspectos de la mística oriental en Buda (1990: 72-73), como así también que relacione en sus “ficciones” el desapego al que debe aspirar el sujeto con una cercanía hacia las posibilidades de la función onda, aquella esfera no fijada por el observador. En el sincretismo problemático de todos estos paradigmas se funda la reflexión en torno a la ontología del sujeto en Cohen, ontología que busca trazar las coordenadas de un sujeto sobre el que más adelante pueda pensarse la problemática del estar en común.
Inolvidables veladas (1996) narra la historia de Golo Subirana, el hijo de una emblemática cantante de tangos, Camelia Subirana, que reside en un geriátrico, en estado casi vegetativo. El Consorcio –imagen constante que representa una forma de Estado en las historias de Cohen– mantiene vivo su mito a través de la proyección de su holograma, marco visual de la reproducción de la voz de Subirana. La historia de Golo está indiscerniblemente ligada al mito de su madre tanguera.
Desde el comienzo se advierte la necesidad –lo advierte su compañera Liliana, vinculada con el grupo disidente Claroscuro– de sacar a Golo de su “fijeza fenomenal” (1996: 15). Y es que la subjetividad de Golo es indisociable del mito, de la fijación que mediante el discurso se ha hecho de éste y de su persona. Siendo pequeño había actuado junto a su madre y ganado fama. Desde su tierna infancia había escuchado esa frase hecha que lo definía y que se repite una y otra vez a lo largo del texto: ese chico “tiene algo”, es la “nueva promesa del tango”, “el heredero”. Poco a poco, con el paso de los años había adquirido un aire melancólico. Dormía mucho, “como si fuera una labor o parte de una búsqueda” (1996: 17); y eventualmente había forjado los rasgos de su carácter sobre la base de la apatía y la disposición hacia los otros. Algunos años atrás, agobiado por la carga de atributos a su persona, había escapado; pero al regresar a su entorno los otros lo habían ido devolviendo de a poco “al marco de su silueta” (1996: 44). Golo es, hasta literalmente la última página del relato, una figura límbica que espera la emergencia o bien de lo que los otros prometen que él realmente es, o bien de algo incierto que amenaza con no nacer nunca: “el destino de ser algo incierto y morirse sin haberlo sabido, de morir lentamente asesinado por uno mismo”, es la reflexión de Golo que sin duda reactualiza la melancolía tanguera (1996: 119).
Debatido internamente entre dos demandas: convertirse en el mito tanguero de la “nueva era”, al servicio del proyecto identitario del Consorcio, o romper finalmente con su imagen de promesa y alinearse con Liliana y el grupo activista Claroscuro, el camino de Golo sólo puede ser un solitario tránsito personal. Raudamente después de la muerte de su madre, en la última página leemos un final cuya fórmula se repite en otros textos de Cohen, especialmente en El testamento de O´Jaral (1995): múltiples versiones de Golo despuntan, indefinidas y vacilantes, emergen sobre el vacío, cual si Golo, librado del observador, volviera a ser una onda.
Lotario, el protagonista de El Oído Absoluto (1989), de alguna manera representa el caso opuesto: carece de la necesaria definición del otro, del observador. El escenario del texto es la comunidad de Lorelei, perversa consagración de la utopía liberal, comunidad cerrada y aislada carente de todo conflicto e historia, cuyo paisaje exuda una paz frígida y apática. Es la un falso Nirvana, cifra de la muerte calórica de la entropía, entendida en su primera acepción –y no en el sentido positivo que le otorga luego Prigogine–, como dispersión máxima en la cual ya no existe estructura posible. De modo que no es casual que la relación de los personajes esté marcada por la distancia y la frialdad.
            El conflicto del relato se introduce ante la llegada de Lotario, padre de Clarisa, a quien ella no ha visto en los últimos diez años y con el que siempre mantuvo una relación distante. Esta visita afecta no sólo a Clarisa, sino también a su compañero Lino, ya que él teme que la estadía de Lotario genere un “ventilador emocional y alborote la modesta, protectora, pirámide de silencios” que era su vida de pareja (1989: 26; destacado mío). El interés de Lotario por su hija resulta en un principio misterioso. Clarisa se pregunta por qué su padre ha decidido visitarla; y entonces Lotario expresa la necesidad del relato.
“Yo me llamaba León Wald”, comienza Lotario (1989: 63). Su vida había empezado bajo ese nombre en Polonia. Allí estaba todo lo que había constituido a León: los miembros de su familia, todos muertos en la guerra, y una mujer, Eugenia. Ella había sido la “tesorera” de todos sus recuerdos, todo lo que él era estaba indisociablemente ligado a ella (1989: 159). Porque en la relación amorosa hay algo que nos define inexorablemente. Con la mujer que a uno lo quiere, uno ata un nudo, “no hay escapatoria: uno está encerrado en una sola versión (…) Pero lo más extraño de todo es que en esa jaula uno se siente como pez en el agua”, dice Lotario (1989: 152). Es lo mismo que piensa Aliano (protagonista de Donde yo no estaba) cuando Cler, su mujer, lo deja: ahora sin ella vuelve a estar inconcluso y liberado al mundo. Ella, sin embargo, se anuda nuevamente en una nueva versión que construye en la relación con su amante (2006b: 100-104). Lo que nos moviliza tal vez sea, piensa Aliano, que cada enamoramiento responde a “un impulso de reorganización” (2006b: 415). Es por eso que cuando Aliano conoce a Lumel siente que algo en él se “evapora”, al tiempo que un nuevo territorio se despeja (2006b: 122).
Alrededor de esta propuesta está el núcleo reflexivo en torno a las posibilidades de una esencia de lo subjetivo: si tomamos distintas formas según nuestras relaciones con otro, ¿qué es lo esencial en el sujeto?, ¿existe una esencialidad subjetiva? Es por eso que Donde yo no estaba también se centra en torno al recorrido que Aliano realiza a través de la escritura de su diario. Es precisamente en el ejercicio escritural que Aliano busca llevar a cabo un camino de despersonalización que, al mismo tiempo, signifique encontrar el aplomo en su personalidad, la reafirmación de la esencialidad mínima más allá de los excesos del ego.

Puedo consentirme el lujo de escribir estas cosas en mi cuadernaclo. Y bien: pensamos que estas cosas no se desenvolverían sin trastabillar si no las ayudáramos, pero intuyo que hasta las más trabajosas discurren por su cuenta, sin motivo ni por qué, despilfarro que busca extenuarse, como si nuestros afanes, no menos que los de la naturaleza, fueran un largísimo rodeo en pos de quietud. Me acuerdo de un aforismo de Rosezno: “Transformarse poco a poco en una línea tan finita que alrededor todo se aclare, incluso las otras letras (Cohen 2006b: 26).

La lectura de un libro magistral (las Militancias) me inculca la idea de que esa plétora de hechos importa más que mi persona. Decido que, para desempeñar con dicha labor que se nos encomienda, lo mejor es reducir paulatinamente el volumen de la personalidad. (…)
Como novela no tiene mucha gracia. Mejor será pues restringir mi palabrerío a estas crónicas, que a lo mejor me sirven para morir con aplomo; y espero que, escribe que te escribe, un día advenga el milagro de la claridad mental (Cohen 200b6: 172). 

Ese es el derrotero de los personajes de Cohen, tránsito en el que intentan habitar ese fino límite entre un desapego del ego que, a riesgo de excederse y convertirse en una indiferencia apática, redunde en la afirmación de ese yo mínimo que es la verdadera esencialidad del sujeto. Sobre ese sujeto deberá fundarse cualquier comunidad futura, cualquier unión verdadera: unión de hombres que han limpiado la estructura aparatosa de su ego. Es el camino del sujeto como escritura, realizando las múltiples posibilidades de su esencia en el devenir, siendo Poesía Universal Progresiva: allí radica la nueva ontología del sujeto, el sujeto como lenguaje nuevo o el nuevo lenguaje del sujeto. Es por eso que en Donde yo no estaba Aliano se relaciona con el personaje Yónder, cuya identidad es la cifra de la entropía como estructura disipativa, es lo no fijado: la personalidad como “reciclado perpetuo” (2006b: 362). Esta deconstrucción constante de lo subjetivo, del lenguaje que lo constituye, es una necesaria medida sanitaria: aquello que se ha cristalizado (como las partículas que toman definición ante el observador) produce dolor y frustración:

En el cómodo silencio que se hizo, medité que el dolor de las ilusiones perdidas proviene no tanto del deseo insatisfecho como, algo después, del derrumbe de la idea que anteponemos al desarrollo de nuestra vida, idea que suele tener una estructura harto rígida y aparatosa (…) Es un hombre trágico, este Maraguane (…) me di cuenta de que, si cada uno de nosotros lleva en sí una vida que no prosperó, que se detuvo y se hizo a un lado, él siente esa vida no vivida como una gravidez perpetua, o como se lleva en el regazo un niño que no ha crecido e incluso en la vejez seguirá siendo motivo de aflicción y desesperanza (Cohen 2006b: 44-46).

Antes decía que en el otro extremo estaba Lotario, acaso aquel que debe construir en lugar de deconstruir su subjetividad. Con la supuesta muerte de Eugenia, León parte para América y comienza su existencia como Lotario. Se casa con la madre de Clarisa y poco tiempo después es padre. Sin embargo no logra encontrar en su familia un anclaje para Lotario: “yo era una onda, el hueco adentro de una caña”, le explica a su hija (1989: 180); era una “maza desplazada del eje” que esquivaba múltiples “sombras”, figuras “paralelas”, que tampoco tenían definición. Eso que él era, si acaso había tal cosa, no estaba en ningún lado, se había extraviado en ese “salto de órbita” y ahora “[p]or todas partes había lagunas, senderos borrados (…) Si no llegué a desesperarme [recuerda Lotario] fue porque un día descubrí que la música me calmaba. Calmar no es la palabra: la música volvía a ponerme.” (1989: 173). Cuando escuchaba las melodías no había desplazamientos, él era algo denso. La música palió la ausencia, su genealogía de muertos, la insustancialidad de sus recuerdos; fue lo que apuntaló ese exceso de voluntad que le permitió permanecer en el Lotario Wald que la gente quería ver correspondiendo a su cuerpo. “No haber nacido nunca”, eso sentía (1989: 106).
Lotario encontró en la música la posibilidad de afianzar ese yo endeble. Se dio cuenta de que tal vez todo funcionaba como la música: las sinfonías avanzan desde la incoherencia y la fragmentación hacia una unidad apabullante y todos los movimientos parten de la misma célula, aquello que los compositores llaman “motivo”; que es como el resto de esencialidad a partir del cual se construyen infinitas relaciones. Una sensación de “gran aplomo” puede nacer de esa “materia tan precaria” (1989: 172) y es por ello que la búsqueda ulterior de todos los personajes de Cohen reside allí: persiguen esa célula mínima o motivo de la subjetividad sobre la que pueden componerse múltiples realidades subjetivas, sin caer en la apatía o costado negativo de la entropía.
En El oído absoluto también hay no obstante una indefinición en la música. En el limbo musical que habita Lotario hay un plus: su ser es en el mecanismo que junta los fragmentos de la música, en ese instante está la personalidad (1989: 181). La música es producto de la mente humana, dice Lotario, pero también es una aparición natural, una mente autónoma que se desarrolla sola; y ese movimiento de correspondencia con lo absoluto que es la música habilita la libertad de una existencia sin identidad: “Uno se mete en una pieza de Debussy (…) [y] empieza a tener una sensación como… (…) de haber vivido mucho tiempo sin documentos, sin cédula de identidad ni nada.” (1989: 109). Y es que en su levedad la música sucede. Es siempre la misma pieza y pero distinta según quien la interpreta, es el verdadero realismo. No es precisamente para afianzar su yo que Lotario aprende entonces de memoria las sinfonías, sino para ir más allá de Lotario Wald e incluso de la música misma: 

Decidí que iba a tener toda la música en la cabeza, ser una galaxia: el colmo de la dispersión organizada. Me iba a convertir en el contrapunto más complicado del universo, y después de conseguirlo me iba a olvidar de mí mismo… (Cohen 1989: 182).

El camino de búsqueda del aplomo conduce hacia algo que excede lo subjetivo, lo lleva al borde de la disolución. Envuelto en esa hybris Lotario intenta convertirse él mismo en música, memorizar cientos de melodías hasta fundirse, despersonalizarse en la música que es el realismo absoluto: cifra perfecta de la dispersión organizada propuesta por Prigogine. Lotario decide convertirse en el oído absoluto, esa forma misteriosa de la memoria que permite reproducir de forma exacta las notas sin necesitar de ninguna referencia de escala o tono, sin alterar en absoluto la melodía original. Peca, digamos, de entregarse al anhelo romántico de lo absoluto. No obstante Lotario sabe lo fútil de la empresa: debería haber aspirado a ser sólo “un arpa eolia”, piensa, ese instrumento colgado de una rama cuyas cuerdas resuenan espontáneamente con el viento y detonan singulares combinaciones de armónicos (1989: 194).
Que Lotario traiga la imagen del arpa eolia hacia el final del texto es sin duda lo que permite terminar de comprender la genealogía del realismo en Cohen y ubicarla en la línea del romanticismo. El arpa eolia es la imagen de la mente creadora del poeta que, como médium entre lo externo y lo interno, crea una expresión que es singular y al mismo tiempo eco de aquello que excita y detona sus impresiones. La lira, como también la llama Coleridge, conlleva al igual que el sitar del que habla Buda, el concepto de la Senda Media. El yo no debe excederse en su aspiración por lo que trasciende la vida terrestre, aunque tampoco descuidar esa relación ya que es la fuente para la salud espiritual. Debe estar en armonía, sonar por simpatía, y hacer también vibrar otras cuerdas cercanas: lograr inadvertidamente que su salud redunde en su comunidad. Como dice el maestro de Aliano, es necesario “transformarse poco a poco en una línea tan finita que alrededor todo se aclare, incluso las otras letras”. Ese movimiento subjetivo significa el inicio de la comunidad y el lenguaje por venir, es el porvenir de la verdadera unidad de hombres libres. En esta línea se inserta la preocupación de Cohen por pensar nuevas ontologías del sujeto que habiliten deponer la inadvertida dinámica de repetición de lo mismo que propicia esas construcciones del Estado, esas falsas formas de la unidad que en sus ficciones llama Consorcios. Mucho dicen sobre lo subjetivo –y sobre lo humano en general– los Consorcios de Cohen, pero dicho tema merece sin duda un texto a parte.

Bibliografía

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[1] Entiendo que en Cohen el problema de la ontología debe pensarse junto con el de la comunidad. Por cuestiones de extensión me limito en este texto a plantear los problemas de la formulación de la ontología subjetiva y dejo esbozado apenas algunos aspectos del problema de la comunidad para retomarlo en futuros desarrollos. No obstante, el análisis conjunto y detallado de ambos problemas se encuentra en mi tesis doctoral, la cual consigno en la bibliografía.
[2] Es Miriam Chiani (1996) la primera en señalar (en relación con El fin de lo mismo) las vinculaciones entre la búsqueda de un nuevo lenguaje realista que se fundamenta en las teorías del caos de Prigogine. En esta instancia Chiani propone además que el realismo incierto de Cohen se opone, con su contingencia aleatoria, al determinismo causal absoluto y al autoritarismo de lo cerrado y estático, es decir, a los discursos represivos de las sociedades postindustriales. En relación con el mismo texto que trabaja Chiani, Dalmaroni (2001) señala también una exacerbación de los escenarios y dispositivos propios de las sociedades postindustriales contemporáneas orientada a dejar en primer plano las funciones de homogeneización imaginaria y de control ideológico. En ese contexto las leyes que rigen ante todo son las del mundo massmediatico, las cuales subyugan cualquier otra lógica, incluso la del fantástico. La relación entre lenguaje, realidad y política es asimismo indiscernible de la trama de Inolvidables veladas, lee Sandra Gasparini por su parte (1997). Allí el lenguaje sirve a las formas que han suplido al Estado para resguardar el status quo contra la desestabilización de los grupos disidentes. La búsqueda de un lenguaje de resistencia, un lenguaje propio (lenguaje como punto de fuga), supone una reconfiguración de la tradición: un desorden de la lengua materna, del archivo semántico, que propicie la creación de un nuevo registro. Finalmente Ilse Logie (2011) amplia el problema presentado por Chiani en 1996, problema central para comprender el realismo en Cohen y sus vinculaciones con la construcción de un pensamiento de la comunidad. Logie propone acertadamente que en El testamento de O´Jaral las teorías del caos son esenciales para la formulación de lo nuevo, advenimiento que se espera termine con la dinámica de repetición de lo mismo. El nuevo lenguaje tiene como modelo las ideas de Prigogine sobre un caos turbulento que genera nuevos sistemas por bifurcación y entremezclamiento de lo viejo. Este modelo habilitará en Cohen –agrego– un estilo que reivindica la impureza, la aceptación del conflicto (cual si se tratase de una dialéctica negativa de corte adorniano) entre las partes que componen la unidad: lo nuevo y lo viejo, la superficialidad y la profundidad. Lo verdaderamente nuevo se encontraría en la impureza que se conforma en el conflicto entre lo nuevo y la tradición, entre lo revolucionario y lo conservador. De modo que en su estética, Cohen pone al conflicto en el rol de motor de la verdadera creación. 
[3] Retomo dos ensayos en particular: “Como si empezáramos de nuevo. Apuntes por un realismo inseguro” y “¡Realmente fantástico!” (Cohen 2003).
[4] Hacia fines del siglo XVIII el romanticismo alemán formuló una idea de arte que, ligada al problema del conocimiento, proponía ampliar los límites de la observación física al concebirse a sí mismo como un ejercicio que permitía ahondar en los misterios de la Creación a través de la exploración interior. Esta idea se correspondía con el lugar que el sujeto ocupaba en la cosmovisión romántica: el sujeto romántico, lejos de estar separado del universo que lo contiene como el observador externo de la ciencia moderna, conforma con él una unidad. Esta “física especulativa”, “física superior” (Schelling 1996 [1799]), que implicaría la unión entre arte-poesía-religión y filosofía, sería una respuesta a la cosmovisión mecanicista del universo que fue uno de los pilares de la ciencia moderna, cuya primacía significó el exilio final de la estética del campo de las epistemologías. 
[5] Cfr. “Alocución sobre la mitología” (Friedrich Schlegel 1800), “Punto de vista para la poesía mitológica” (Moritz 1791)  y “De la mitología” (August Schlegel 1801). Los textos del romanticismo alemán que se citan en este trabajo están incluidos en la antología de Javier Arnaldo (1994).
[6] Las características de este principio habilitaron diversas explicaciones que fueron bien recibidas por la literatura, es decir, ficcionalizadas. Una de ellas es la hipótesis sobre la existencia de realidades paralelas que es frecuente en Borges, Bioy Casares (y, de forma más general, en la tradición de la ciencia ficción).
[7] El poema es siempre indisociable de la búsqueda mística tanto para el romanticismo alemán como para el inglés, como bien señalan los especialistas (Abrams 1975; Lacoue Labarthe y Nancy 1978; Safransky 2009; entre tantos otros). 
[8] Este principio condujo a que tanto por el lado de la literatura (Aldous Huxley, 1974 [1963]) como por el de la física (Fritjof Capra 2006; Igor y Gricha Bordanov y Jean Guitton 1999) se hablara de paralelismos entre la cuántica y la mística oriental.

Publicado en la revista Orbis Tertius, vol. 18, nº 19, diciembre 2013.